Qué Son Las Bienaventuranzas Que Aparecen En La Biblia?

Qué Son Las Bienaventuranzas Que Aparecen En La Biblia
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

¿Qué son las bienaventuranzas y qué significan?

En general, una bienaventuranza está constituida por una expresión inicial (del hebreo, ašrê ; del griego, makarios) ​ que se puede traducir como «feliz», «dichoso», «bienaventurado» y que califica al poseedor de la cualidad como «digno de felicidad».

¿Cuántas son las bienaventuranzas de Mateo 5?

5 Bienaventurados los a mansos, porque ellos recibirán la b tierra como heredad. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de a justicia, porque ellos serán b saciados. 7 Bienaventurados los a misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8 Bienaventurados los de a limpio b corazón, porque ellos c verán a Dios.

¿Cuál es la diferencia entre las bienaventuranzas de Lucas y Mateo?

Pero la diferencia que más llama la atención es que Mateo especifica que son bienaventurados los pobres ‘en el espíritu’ y ‘los que tienen hambre y sed de ser justos’, mientras que para Lucas se trata de los pobres-pobres y de los que padecen hambre y sed físicamente, y remacha el clavo con los ‘ayes’ contra los ricos.

¿Que nos enseña Jesús a través de las bienaventuranzas?

Visitas – 5048 Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús aparecen como la “carta magna” del Reino de los cielos que es dada a los pobres de espíritu, a los afligidos, a los mansos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los constructores de la paz, a los perseguidos por causa de la justicia.

Las bienaventuranzas no indican solamente las exigencias del Reino. Manifiestan, en primer lugar la obra que Dios realiza en nosotros haciéndonos semejantes a su Hijo y capaces de tener sus sentimientos, de confianza plena en el Padre, de amor y de perdón hacia todos.

Las bienaventuranzas son, en efecto, el retrato que Jesús trazó de sí mismo; son la expresión de la vida que Él encarnó y vivió históricamente; aquella vida que sus discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos; la que les llenó de gozo y de alegría plena.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad. Nos muestran el Camino que es Cristo para todos los hombres. El camino de Cristo está resumido en las bienaventuranzas, único camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre.

El destino que Cristo arrostró y consumó felizmente es programa moral y de vida para sus seguidores. Ser cristiano es vivir en Cristo, vivir la misma vida de Cristo, vivir como Él vivió. Por eso, las bienaventuranzas proclamadas por Jesús en el Monte iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana.

Ahí está la dicha y la alegría del hombre. Ahí está la vocación a la que hemos sido llamados por Dios: a ser felices. Así, las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Deseo que Dios ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de nuestros actos humanos. Dios, por puro amor y benevolencia infinita, por misericordia eterna, nos llama a su propia bienaventuranza, a su felicidad y a su dicha que no tienen medida, a la alegría completa que en Él se encuentra, al amor donde el corazón de todo hombre encuentra su reposo y consuelo.

Las bienaventuranzas, así, son promesas paradójicas, sostienen la esperanza en las tribulaciones y anuncian bendiciones y las recompensas ya iniciadas por el amor y la misericordia insondable de Dios Padre, manifestadas en su Hijo.

Aunque el sufrimiento y la desesperanza parezcan llenar el mundo, Dios hace todo lo que hace para la vida y el gozo del hombre. Dios ha creado el mundo y nos ha dado el ser. Y para nuestra vida y nuestro gozo, destruidos por el pecado, ha venido el Hijo de Dios a nuestra carne, y la ha unido a sí, con un amor esponsal, y la vivifica con su Espíritu Santo para que pueda recorrer la bella, dichosa y buena aventura que Él mismo recorrió en el camino hacia el Padre: la bella aventura de las bienaventuranzas.

Las palabras de Cristo hablan de sufrimiento, de pobreza, de hambre, de persecución, de llanto, de falta de paz y de injusticia, de mentira y de insultos. Hablan del sufrimiento del hombre en su vida temporal.

Pero no se detienen ahí. Hablan de dicha, de alegría; proclaman dichosos y felices, bienaventurados, precisamente, a los pobres, a los sufridos, a los que lloran, a los que tienen hambre de justicia, a los perseguidos, a los que trabajan por la paz, a los sencillos y limpios de corazón, a los calumniados por causa de su Nombre.

Y nos hablan de la motivación, de las razones, del porqué de esta dicha. Hasta ocho veces repite ese por qué, enseñándonos las razones por las que son dichosos: “Porque de ellos es el Reino de los cielos”, porque de ellos es Dios mismo, amor sin límites, abismo sin fondo de misericordia, plenitud de vida y de gracia, justicia y santidad verdaderas, bondad suprema, paz, reconciliación y perdón para todos, fuente de luz.

Al decir Jesús que los que lloran serán consolados, Cristo indica, sobre todo, el consuelo definitivo más allá de la muerte. Lo enseña también la segunda bienaventuranza, porque heredarán la tierra, refiriéndose a la propiedad en sentido escatológico, definitivo y último, la nueva tierra donde habite la justicia, Dios para siempre.

  • Igualmente quedarán saciados los que tienen hambre y sed de justicia, porque en el Reino de los cielos ésa será su herencia;
  • Los que son misericordiosos encontrarán misericordia;
  • Los que son limpios de corazón contemplarán a Dios cara a cara, lo cual, según las enseñanzas del Nuevo Testamento, es la esencia propia de la felicidad propia del Reino de Dios;

A lo mismo se refiere la bienaventuranza de los que trabajan por la paz, llamándolos hijos de Dios. Cuando Jesús enuncia el último de los grupos de los bienaventurados, considerando entre ellos, a los perseguidos por causa de la justicia, se repite lo dicho a los primeros, los pobres, los pecadores, los desheredados: “porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Cristo resume las bienaventuranzas dirigiéndose a los que de algún modo son perseguidos y falsamente acusados, exhortándoles a la alegría: “Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.

Las bienaventuranzas nos abren un horizonte nuevo con relación a la vida y a las conductas humanas. Son dichosos, pues, quienes se dejan guiar por el espíritu de las bienaventuranzas y, ciertamente, heredarán la tierra, aunque hayan acabado los días de su vida terrena.

  1. Su victoria y su felicidad es el participar de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, ser asociados a la gloria de su pasión y resurrección;
  2. ¿Es ésta solamente una promesa de futuro? Las certezas admirables que Jesús da a sus discípulos, ¿se refieren sólo a la vida eterna, a un reino de los cielos más allá de la muerte? Los cristianos sabemos bien que ese Reino está cerca;
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Porque ha sido inaugurado con la vida, muerte y resurrección de Cristo. Sí, está cerca, porque también en buena parte depende de nosotros discípulos y seguidores de Jesús. Somos nosotros, bautizados y confirmados en Cristo, los llamados a acercar ese Reino, a hacerlo visible y actual en este mundo, como preparación a su establecimiento definitivo.

  1. Y esto se logra con nuestro esfuerzo y conducta concorde con los preceptos del Señor, con nuestra identificación y seguimiento;
  2. La bienaventuranza prometida nos coloca, así, ante opciones morales decisivas;

Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malos instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo, a poner en Él la confianza plena, como un niño satisfecho, recién amamantado, en brazos de su madre, a no esperar de otro la salvación y la dicha definitivas.

La bienaventuranza prometida nos enseña que la verdadera felicidad, la auténtica dicha, no reside en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor, nuestro lote y heredad.

Esta es la verdadera felicidad, la auténtica alegría, la alegría de estar dentro del amor de Dios que nos hace hijos suyos. La alegría de los hijos es una alegría que requiere confianza total en el Padre. Es la alegría que tiene su fundamento no en el tener sino en el ser, no en el poder o en el dominio, no en el goce o disfrute individualista o en el bienestar a toda costa, sino en la entrega y donación de nosotros mismos, en el dar una preferencia absoluta a las cosas del Reino.

Es la alegría profunda y exigente de las bienaventuranzas, la de las personas que viven una entrega total a Dios, aquellas para quienes sólo Dios basta. Es la felicidad que sólo en Dios tiene su realización plena la alegría que nadie podrá quitar, la que es fruto del amor y, por consiguiente, de Dios mismo en persona, que es amor.

Este es el camino de una humanidad nueva y renovada, esto es lo que cambia el mundo desde sus cimientos, esta es la luz que necesitamos en mundo envuelto en oscuridades. Esta es la auténtica visión del hombre, la que Jesús nos ofrece con las bienaventuranzas, la verdadera antropología está en ellas.

¿Cuál es la primera bienaventuranza?

SE REFIERE A LA GENTE HUMILDE DE CORAZÓN, aunque no sea humilde materialmente. y poniéndola por obra. La virtud de la pobreza es el testimonio de quienes han elegido el amor de Dios como único tesoro y riqueza, que buscan el Reino de Dios como única heredad.

¿Qué quiere decir Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos?

Show Sidebar Qué Son Las Bienaventuranzas Que Aparecen En La Biblia Qué Son Las Bienaventuranzas Que Aparecen En La Biblia Lectura Bíblica Mateo 5:1-3. Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mateo 5:3). “Makarios oi ptojos to pneumatic, oti auton estin e basileia ton ouranon” Esta es la primera de las ocho bienaventuranzas que nuestro Señor enseñó a sus discípulos en el conocido Sermón del Monte.

Ya que la palabra bienaventurado en griego significa dichoso o feliz, es importante establecer que las bienaventuranzas (Makarios) nos presentan un marcado contraste entre la felicidad según Dios y la felicidad según el mundo.

Asimismo, el otro aspecto a considerar en el estudio de las bienaventuranzas es que estas nos presentan las diferencias entre un cristiano y un incrédulo. Es decir, son una descripción del carácter cristiano que inevitablemente contrasta con el carácter del mundo.

Ahora bien, para entender esta primera bienaventuranza, debemos descartar algunas ideas erróneas acerca de lo que significa pobre en espíritu. Y para eso, es necesario responder ¿Quién no es un pobre en espíritu? Un pobre en espíritu no es  alguien con baja estima ni una persona callada e introvertida.

Tampoco se refiere a las personas que sufren y ni las que son oprimidas, rechazadas y abusadas. Por qué todas estas situaciones también las experimentan los incrédulos y el Señor nunca alabaría al mundo por sus miserias. La palabra pobre en griego se escribe (oi ptojos) y comunica la idea de mendigo, pordiosero y desamparado.

Esta palabra denota una pobreza absoluta y pública. Con esto en mente y la distinción que hace nuestro Señor al decir “pobres en espíritu”, queda claro que no estamos hablando de una pobreza material o terrenal, sino una espiritual.

Entonces, ¿Quién es un pobre en espíritu? (to pneumatic) Es una persona que reconoce su miseria espiritual en la presencia de Dios. Un pobre en espíritu es quien sabe que esta arruinado espiritualmente cuando estamos sin Dios. Es quien que está desprovisto de toda virtud y reconoce su pobreza total ante el Señor.

“Se refiere a la profunda humildad de reconocer la absoluta bancarrota espiritual de sí mismo, cuando estamos apartados de Dios”. Los pobres en espíritu exhiben una genuina humildad y están despojados de todo orgullo.

A partir de aquí entendemos que el pobre en espíritu no confía en sí mismo, más bien procura la gracia y la misericordia con desesperación. Esto contrasta con el espíritu del mundo que nos dice: Confía en ti. El pobre en espíritu tampoco se jacta de sus progresos ni de sus logros y al reconocer su bajeza, mira a los demás como superiores.

  1. Estos son los bienaventurados;
  2. Estos son dichosos;
  3. Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mateo 5:3);
  4. Las Escrituras nos muestran esta clase de humildad en varios hombres del pueblo de Dios;

Desde Moisés quien no se atrevió a continuar hacia la tierra prometida si Dios no iba con él (Éxodo 33:15). También Isaías reconoció con terror su inmundicia mientras contemplaba la visión de Dios en Su trono (Isaías 6) y hasta el mismo Pedro quien sobrecogido por su pecaminosidad, se postró humillado ante el Señor (Lucas 5:8).

Todos ellos reconocieron su miseria espiritual, todos ellos fueron hombres humildes y dependientes de la gracia divina. Ellos fueron pobres en espíritu. Pero la bienaventuranza termina con la promesa: porque de ellos es el reino de los cielos ((Mateo 5:3) (oti auton estin e basileia ton ouranon”).

Es decir que solo aquellos que entienden su condición pecaminosa y reconocen su ruina espiritual son quienes se acercan humillados a Dios y son recibidos en Su reino. Mi oración es que Dios abra nuestros ojos y nos de entendimiento de nuestra bancarrota espiritual cuando estamos sin él.

A nosotros los creyentes, que esa convicción nos haga más humildes, sencillos y dependientes de él. Si no eres cristiano, que al entender tu pobreza espiritual puedas correr a Dios en fe y arrepentimiento, y pedirle, cual desamparado, que te otorgue el perdón de tus pecados y el don de la vida eterna.

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mateo 5:3). “Makarios oi ptojos to pneumatic, oti auton estin e basileia ton ouranon”

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¿Cuáles son las bienaventuranzas y ejemplos?

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

¿Dónde se encuentran las bienaventuranzas?

Las Bienaventuranzas ( Mateo 5,1-12) – El Evangelio dominical trae el texto de las bienaventuranzas. Vale la pena convertirlo en palabra para nosotros hoy. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Estas son las personas que aman y sirven desinteresadamente a los demás, que no buscan el reconocimiento, ni la recompensa, ni el prestigio, que no les interesa el poder ni el dinero, y que por esta desposesión son semejantes a Jesús pobre que pasó ofreciendo el Reino gratuito del amor.

  1. “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”;
  2. Estas son las personas que no buscan peleas ni se dejan provocar por la agresión, que vencen el odio con la magnanimidad y son capaces de responder con actos buenos a quienes les hacen mal;
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¿Cuál es el propósito de las bienaventuranzas?

Las bienaventuranzas son el camino que señaló Jesús para ser feliz. Jesús nos invita a reconocer que Él nos quiere y busca nuestra felicidad y amistad, especialmente al invitarnos a participar del Reino de Dios. Por eso nos pide abandonar las actitudes que nos impiden ser mejores y crecer como personas.

¿Cuál es la importancia de las bienaventuranzas en nuestra vida?

El Papa ha señalado que las bienaventuranzas son un camino ‘bello y seguro hacia la felicidad’ que Jesús propone a los hombres porque ‘iluminan las acciones de la vida cristiana’ y además revelan que la presencia de Dios en los hombres les hace ‘verdaderamente felices’.

¿Cuál es la enseñanza de las bienaventuranzas?

Visitas – 5048 Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús aparecen como la “carta magna” del Reino de los cielos que es dada a los pobres de espíritu, a los afligidos, a los mansos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los constructores de la paz, a los perseguidos por causa de la justicia.

Las bienaventuranzas no indican solamente las exigencias del Reino. Manifiestan, en primer lugar la obra que Dios realiza en nosotros haciéndonos semejantes a su Hijo y capaces de tener sus sentimientos, de confianza plena en el Padre, de amor y de perdón hacia todos.

Las bienaventuranzas son, en efecto, el retrato que Jesús trazó de sí mismo; son la expresión de la vida que Él encarnó y vivió históricamente; aquella vida que sus discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos; la que les llenó de gozo y de alegría plena.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad. Nos muestran el Camino que es Cristo para todos los hombres. El camino de Cristo está resumido en las bienaventuranzas, único camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre.

El destino que Cristo arrostró y consumó felizmente es programa moral y de vida para sus seguidores. Ser cristiano es vivir en Cristo, vivir la misma vida de Cristo, vivir como Él vivió. Por eso, las bienaventuranzas proclamadas por Jesús en el Monte iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana.

Ahí está la dicha y la alegría del hombre. Ahí está la vocación a la que hemos sido llamados por Dios: a ser felices. Así, las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Deseo que Dios ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de nuestros actos humanos. Dios, por puro amor y benevolencia infinita, por misericordia eterna, nos llama a su propia bienaventuranza, a su felicidad y a su dicha que no tienen medida, a la alegría completa que en Él se encuentra, al amor donde el corazón de todo hombre encuentra su reposo y consuelo.

Las bienaventuranzas, así, son promesas paradójicas, sostienen la esperanza en las tribulaciones y anuncian bendiciones y las recompensas ya iniciadas por el amor y la misericordia insondable de Dios Padre, manifestadas en su Hijo.

Aunque el sufrimiento y la desesperanza parezcan llenar el mundo, Dios hace todo lo que hace para la vida y el gozo del hombre. Dios ha creado el mundo y nos ha dado el ser. Y para nuestra vida y nuestro gozo, destruidos por el pecado, ha venido el Hijo de Dios a nuestra carne, y la ha unido a sí, con un amor esponsal, y la vivifica con su Espíritu Santo para que pueda recorrer la bella, dichosa y buena aventura que Él mismo recorrió en el camino hacia el Padre: la bella aventura de las bienaventuranzas.

  1. Las palabras de Cristo hablan de sufrimiento, de pobreza, de hambre, de persecución, de llanto, de falta de paz y de injusticia, de mentira y de insultos;
  2. Hablan del sufrimiento del hombre en su vida temporal;

Pero no se detienen ahí. Hablan de dicha, de alegría; proclaman dichosos y felices, bienaventurados, precisamente, a los pobres, a los sufridos, a los que lloran, a los que tienen hambre de justicia, a los perseguidos, a los que trabajan por la paz, a los sencillos y limpios de corazón, a los calumniados por causa de su Nombre.

  • Y nos hablan de la motivación, de las razones, del porqué de esta dicha;
  • Hasta ocho veces repite ese por qué, enseñándonos las razones por las que son dichosos: “Porque de ellos es el Reino de los cielos”, porque de ellos es Dios mismo, amor sin límites, abismo sin fondo de misericordia, plenitud de vida y de gracia, justicia y santidad verdaderas, bondad suprema, paz, reconciliación y perdón para todos, fuente de luz;

Al decir Jesús que los que lloran serán consolados, Cristo indica, sobre todo, el consuelo definitivo más allá de la muerte. Lo enseña también la segunda bienaventuranza, porque heredarán la tierra, refiriéndose a la propiedad en sentido escatológico, definitivo y último, la nueva tierra donde habite la justicia, Dios para siempre.

  1. Igualmente quedarán saciados los que tienen hambre y sed de justicia, porque en el Reino de los cielos ésa será su herencia;
  2. Los que son misericordiosos encontrarán misericordia;
  3. Los que son limpios de corazón contemplarán a Dios cara a cara, lo cual, según las enseñanzas del Nuevo Testamento, es la esencia propia de la felicidad propia del Reino de Dios;
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A lo mismo se refiere la bienaventuranza de los que trabajan por la paz, llamándolos hijos de Dios. Cuando Jesús enuncia el último de los grupos de los bienaventurados, considerando entre ellos, a los perseguidos por causa de la justicia, se repite lo dicho a los primeros, los pobres, los pecadores, los desheredados: “porque de ellos es el Reino de los cielos”.

  • Cristo resume las bienaventuranzas dirigiéndose a los que de algún modo son perseguidos y falsamente acusados, exhortándoles a la alegría: “Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”;

Las bienaventuranzas nos abren un horizonte nuevo con relación a la vida y a las conductas humanas. Son dichosos, pues, quienes se dejan guiar por el espíritu de las bienaventuranzas y, ciertamente, heredarán la tierra, aunque hayan acabado los días de su vida terrena.

Su victoria y su felicidad es el participar de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, ser asociados a la gloria de su pasión y resurrección. ¿Es ésta solamente una promesa de futuro? Las certezas admirables que Jesús da a sus discípulos, ¿se refieren sólo a la vida eterna, a un reino de los cielos más allá de la muerte? Los cristianos sabemos bien que ese Reino está cerca.

Porque ha sido inaugurado con la vida, muerte y resurrección de Cristo. Sí, está cerca, porque también en buena parte depende de nosotros discípulos y seguidores de Jesús. Somos nosotros, bautizados y confirmados en Cristo, los llamados a acercar ese Reino, a hacerlo visible y actual en este mundo, como preparación a su establecimiento definitivo.

Y esto se logra con nuestro esfuerzo y conducta concorde con los preceptos del Señor, con nuestra identificación y seguimiento. La bienaventuranza prometida nos coloca, así, ante opciones morales decisivas.

Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malos instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo, a poner en Él la confianza plena, como un niño satisfecho, recién amamantado, en brazos de su madre, a no esperar de otro la salvación y la dicha definitivas.

La bienaventuranza prometida nos enseña que la verdadera felicidad, la auténtica dicha, no reside en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor, nuestro lote y heredad.

Esta es la verdadera felicidad, la auténtica alegría, la alegría de estar dentro del amor de Dios que nos hace hijos suyos. La alegría de los hijos es una alegría que requiere confianza total en el Padre. Es la alegría que tiene su fundamento no en el tener sino en el ser, no en el poder o en el dominio, no en el goce o disfrute individualista o en el bienestar a toda costa, sino en la entrega y donación de nosotros mismos, en el dar una preferencia absoluta a las cosas del Reino.

Es la alegría profunda y exigente de las bienaventuranzas, la de las personas que viven una entrega total a Dios, aquellas para quienes sólo Dios basta. Es la felicidad que sólo en Dios tiene su realización plena la alegría que nadie podrá quitar, la que es fruto del amor y, por consiguiente, de Dios mismo en persona, que es amor.

Este es el camino de una humanidad nueva y renovada, esto es lo que cambia el mundo desde sus cimientos, esta es la luz que necesitamos en mundo envuelto en oscuridades. Esta es la auténtica visión del hombre, la que Jesús nos ofrece con las bienaventuranzas, la verdadera antropología está en ellas.

¿Cuál es la finalidad de las bienaventuranzas?

Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús aparecen como la «carta magna» del Reino de los cielos que es dada a los pobres de espíritu, a los afligidos, a los mansos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los constructores de la paz, a los perseguidos por causa de la justicia.

Las bienaventuranzas no indican solamente las exigencias del Reino. Manifiestan, en primer lugar, la obra que Dios realiza en nosotros haciéndonos semejantes a su Hijo y capaces de tener sus sentimientos, de confianza plena en el Padre, de amor y de perdón hacia todos.

Las bienaventuranzas son, en efecto, el retrato que Jesús trazó de sí mismo; son la expresión de la vida que Él encarnó y vivió históricamente; aquella vida que sus discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos; la que les llenó de gozo y de alegría plena.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad. Nos muestran el Camino que es Cristo para todos los hombres. El camino de Cristo está resumido en las bienaventuranzas, único camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre.

El destino que Cristo arrostró y consumó felizmente es programa moral y de vida para sus seguidores. Ser cristiano es vivir en Cristo, vivir la misma vida de Cristo, vivir como Él vivió. Por eso las bienaventuranzas proclamadas por Jesús en el Monte iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana.

Ahí está la dicha y la alegría del hombre. Ahí está la vocación a la que hemos sido llamados: hemos sido llamados por Dios a ser felices. Así, las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Deseo que Dios ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de nuestros actos humanos Dios, por puro amor y benevolencia infinita, por misericordia eterna, nos llama a su propia bienaventuranza, a su felicidad y a su dicha que no tienen medida, a la alegría completa que en Él se encuentra, al amor donde el corazón de todo hombre encuentra su reposo y consuelo.

  1. Las bienaventuranzas, así, son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones y anuncian las bendiciones y las recompensas ya iniciadas por el amor y la misericordia insondable de Dios Padre manifestadas en su Hijo;

Aunque el sufrimiento y la desesperanza parezcan llenar el mundo, Dios hace todo lo que hace para la vida y el gozo del hombre, para la vida y el gozo del hombre, Dios ha creado el mundo, y nos ha dado el ser. Y para nuestra vida y nuestro gozo, destruidos por el pecado, ha venido el Hijo de Dios a nuestra carne, y la ha unido a sí, con un amor esponsal, y la vivifica con su Espíritu Santo y pueda recorrer la bella, dichosa y buena aventura que Él mismo recorrió en el camino hacia el Padre: La bella aventura de las bienaventuranzas.

Las palabras de Cristo hablan de sufrimiento, de pobreza, de hambre, de persecución, de llanto, de falta de paz y de injusticia, de mentira y de insultos. Hablan del sufrimiento del hombre en su vida temporal.

Pero no se detienen ahí. Hablan de dicha, de alegría; proclama dichosos y felices, bienaventurados, precisamente, a los pobres, a los sufridos, a los que lloran, a los que tienen hambre de justicia, a los perseguidos, a los que trabajan por la paz, a los sencillos y limpios de corazón, a los calumniados por causa de su Nombre y nos hablan de la motivación, de las razones, del porqué de esta dicha.

¿Cuál es el significado de la primera bienaventuranza?

SE REFIERE A LA GENTE HUMILDE DE CORAZÓN, aunque no sea humilde materialmente. y poniéndola por obra. La virtud de la pobreza es el testimonio de quienes han elegido el amor de Dios como único tesoro y riqueza, que buscan el Reino de Dios como única heredad.